Miedo a decidir, ¿cómo nos afecta?

El miedo a decidir es, sin duda, uno de los miedos más comunes y extendidos.

Muchas son las personas que, frente a situaciones de duda, prefieren posponer sus decisiones. A todos nos ha pasado, en algún momento u otro de nuestra vida. Cuando eso ocurre, se genera una gran fuga de energía. Perdemos fuerza.  Y, aunque posponer, pueda entonces parecernos la solución, la realidad es que nuestra mente sigue ocupada en la tediosa duda de su debate interno… Y, todos sabemos que, no es fácil vivir permanentemente, en la disyuntiva de la duda.

miedo a decidir

 

¿Por qué dudamos?

1- No elijo “por si acaso”

A veces, se cree que la duda es la forma de mantener muchas, o todas las opciones abiertas. Entonces, y bajo esta hipótesis, que por lo general ni siquiera es consciente, se perpetúa la ilusión de que todas las opciones permanecen y permanecerán siempre disponibles. Y, aunque esta pueda parecer una forma positiva de vivir y pensar, en el fondo esta opción genera mucho enfado, tristeza y frustración.

La persona, con sus opciones no activadas, cree tenerlas todas a su alcance, pero la realidad le demuestra y demostrará que no avanza en una o ninguna dirección. Se perpetúa así la experiencia de no pasar a la acción. Y sin acción ni resultados, la insatisfacción está servida. Cuando esto ocurre, necesitas hacer algo diferente, y la única opción posible es elegir y previamente conocerse con un ejercicio de introspección profundo que te permita primero priorizar, para después si, elegir y actuar, en sintonía con lo que de verdad si quieres.

2- Miedo a equivocarse

El miedo a equivocarse es el mayor y más habitual de los miedos. En realidad, es el mayor obstáculo que, casi siempre, impide avanzar. Este miedo a equivocarse, a su vez genera más miedo cuando no avanzamos por miedo. Por paradójico que parezca, en muchas ocasiones, funciona así:  nos paraliza el miedo, y a su vez los resultados de no actuar por miedo, nos generan más miedo. Este es el “miedo del miedo”, que exalta y multiplica exponencialmente los miedos.

Lo cierto es que, aunque una decisión pueda ser más segura que otra, es prácticamente imposible tener absoluta garantía de los resultados de nuestras decisiones. Si necesitas seguridad y no actúas porque no la tienes, la exigencia tomará entonces el control y se manifestará en forma de indecisiones y bloqueos. Y, sin una decisión firme tomada, también llegan sus temidas consecuencias.

Si quieres saber cual es tu nivel de miedo, y en que medida te limita e impide, puedes responderte a la siguiente pregunta:  Si no tuvieras miedo, ¿que harías?. Probablemente mucho más de lo que hasta el momento haces o imaginas. Así pues, piensa en grande y sin miedo, luego evalúa tus decisiones, mide riesgos y actúa siempre con la mirada puesta en tus motivaciones y fuerza hacía tus objetivos.

3- Miedo al cambio y sus consecuencias

En ocasiones, la duda esconde un profundo miedo al cambio.

Como decía antes, elegir implica asumir riesgos. Estos riesgos, y las consecuencias de tus opciones y decisiones, puedes medirlos y calibrarlos para minimizarlos hasta un punto. Pero al final tendrás que avanzar con la confianza de tu convicción evaluada, para actuar y, posteriormente, con flexibilidad y agilidad, dar seguimiento a tus acciones y realizar así los ajustes pertinentes, en todo momento.

Recuerda que la vida es un cambio constante. La cuestión no es si tendrás que moverte o no, sino como te vas a mover, y cuándo decides hacerlo. Estar estáticos no es una opción.

Tanto si crees que estas decidiendo, como si crees que no, siempre estás decidiendo.

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El ritmo de la vida de hoy en día, pone ante nosotros una gran variedad de opciones para casi todo. Si lo piensas bien, te darás cuenta de cada día tomamos un sinfín de decisiones. Prácticamente siempre, y casi en cada momento, estás decidiendo. No debemos quitarle la importancia que realmente tiene. Y es que decidir es inevitable, y si llega este miedo puede llevarnos a perder muchas oportunidades y amurallar nuestro crecimiento personal, impidiéndonos crecer. No puedes permitirlo.

La buena noticia

Tengo una buena noticia para ti. Y es que este miedo, se puede trabajar y gestionar de un “cierto modo”, de manera que, poco a poco, puedas lograr deshacerte de esa sensación de no estar a la altura, del miedo por indecisión, y estar dispuesto a salir así de tu zona de confort. Y es que, decidir permite estar disponibles, para abordar los siguientes pasos y asuntos. Y, necesitamos gestionarnos a nosotros mismos, y nuestras decisiones.

¿A que tienes miedo?

Como comentaba anteriormente, por lo general, tenemos miedo a no escoger la opción adecuada. Miedo a equivocarnos, y a peder el control. Las personas muy exigentes y altamente perfeccionistas, se bloquean, paralizan y les resulta muy difícil avanzar si, previamente no están seguro de las consecuencias de sus elecciones. Tanto las personas con este tipo de necesidad, como las personas que se encuentran alrededor de ellas, pueden sufrir un gran estrés, llegando al bloqueo que releentiza, minimiza, paraliza y resta eficacia  a las acciones eficientes, y a su vida en general.

Es por ello que conviene observar, detectar y trabajar con los síntomas de ese miedo a perder el control.

Y, ¿Cuales son estos síntomas?  Si tienes la necesidad de sólo actuar si sabes que vas a acertar, si revisas toda la información antes de tomar una decisión, siempre dudas o si analizas constantemente los pros y contras de todas las opciones, por ejemplo, es probable que tengas una gran necesidad de control. Hasta un punto es normal y hasta recomendable, pero hacerlo en exceso es un impedimento.

Primer paso para perder el miedo a no tener el control

Te recomiendo empezar poco a poco. Y una buena forma de hacerlo, es escoger algunas rutinas no demasiado importantes o muy frecuentes, y permitirte experimentar con ellas, asumiendo pequeños riesgos para poder así, controlar los resultados de las mismas.

Evalúa el riesgo de equivocarte. Pregúntate: “¿Y si me equivoco, que es lo peor que pude pasarme?. Y piensa en los beneficios que te aportará tomar esa decisión. Con tu riesgo medido, mantén en mente los beneficios de lo que esperas obtener, y da el paso. Por ejemplo, puedes delegar ciertas funciones, sabiendo que no puedes perder mucho, y así poco a poco, y de forma medida, ir incrementando tu capacidad de delegar. Muchas personas lo han hecho, experimentando un gran alivio y mejorando en la gestión de equipos y personas. También para las relaciones personales es muy válido este enfoque.

Recuerda que no decidir ya es una decisión, y que siempre estamos obligados a decidir. Tomar decisiones es una tarea a la que no puedes renunciar, y tampoco es una tarea que otros puedan hacer por ti. Y es que de tus propias decisiones depende tu futuro y el camino que vas a recorrer.  Tu destino está en tus manos, y es tu responsabilidad.

Y si quieres gestionar ese sentido de la perfección y, soltar miedos, te invito a ver este apasionante, divertido y enriquecedor vídeo:   “El poder de la vulnerabilidad

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